Son las 8 de la mañana, hora de empezar la aventura. Se retrasa la salida porque en domingo hay veces que “se pegan las sábanas”.
Llegamos con los coches al puente de la Yunta y hacemos malabares para aparcarlos. Somos 30 los aventureros que nos ponemos en marcha.
Arrancamos la subida por la pista hasta llegar a la portera metálica y nos adentramos en la pradera verde, normalmente frecuentada por ganado.
Parada de reagrupación en el refugio de Nacavasera para hidratarnos y continuar. El sol calienta, pero las ganas por alcanzar la Laguna no cesan.
Un trecho más adelante llegamos al segundo refugio, el de la Losa. Hacemos parada en la fuente del mismo nombre hasta llegar al paso complicado: el cruce de la garganta.
El agua baja caudalosa por la garganta y buscamos entre todos el tramo con menos riesgo para que el grupo cruce. Trabajando en equipo, incluso metiendo los pies en el agua helada, conseguimos pasar al otro lado para llegar a la meta de la ruta B: el peñasco con la Cruz.
Es el momento para la foto de grupo. Aquí unos cuantos nos despedimos para continuar la marcha adentrándonos en la zona más agreste y salvaje de la garganta.
A partir de aquí, la reina del paisaje es la piedra. Ascendemos bordeando la garganta con el sonido penetrante del agua que forma pozas y cascadas en todo el recorrido.
Los veteranos, grandes conocedores de la zona y sus leyendas, deciden continuar hasta el “púlpito del Cardenal Tabera”, la roca desde donde el clérigo rezó para proteger del mal las faldas del “Corral de Diablo”.
Las zetas del Barrerón del Campanar nos permiten seguir el ascenso librando el profundo barranco que adquiere aquí la Garganta, hasta llegar a la última amplia pradera. Pero no es el final: nos queda el último empujón.
Ahora sí, después de ascender y solventar algún nevero que tapaba el camino, alcanzamos la Laguna, rodeada por el imponente y característico paredón montañoso. Es momento de comer. El sol nos adormece, y las más prevenidas sacan el café para espabilar las mentes y que el descenso se haga más llevadero.
Llegamos a los coches. Se acabó, fin de la ruta. Nos despedimos cansados pero felices, con ganas de más montaña. Aún nos quedan aventuras por compartir.