Tras la tormenta de datos, imágenes e información del sábado, hoy tocaba respirar, ver y tocar en primera persona ese entorno peculiar que rodea a una de las octavas maravillas del mundo.
El amanecer nos prometía un día de sol y buena temperatura. La nueva chispa la ponía nuestro guía anfitrión, un tal Javier, Alfa tras las presentaciones.
Después de una pequeña vuelta urbana por el siglo XVI y pinceladas del XVIII, nos incorporamos a esa primavera desbordante de verde, con alguna ráfaga de color que nos ofrece la Herrería.
Como el avance de un riachuelo, bajamos hasta llegar a la puerta del Castañar, regado por arroyos aún vivos por el agua caída.
Arrancamos la subida por el exuberante Bosque Real, para alcanzar el Hito de los Términos, aquel que nos recuerda que, como casi siempre, nos movemos en diferentes planos, cada uno con sus aristas y sus vértices.
El maestro Enrique encuentra la “Silla de Azagaya” y el grupo, como un solo caminante, decide continuar. Nos enfrentamos a esas cuestas que engañan, subiendo esas “bajadas encubiertas” entre chanzas y exageraciones que entretienen el camino y alivian el esfuerzo.
Cual Tercio Viejo, y con la chulería propia del Capitán Alatriste, hacemos nuestra la “Pica en Flandes” en lo alto de la Machota. Avanzar siempre, rendirnos nunca, ¿verdad, Marisol?
Tras reponer fuerzas y hecho el recuerdo gráfico del grupo, comenzamos el descenso, que —como escuché a otro “maestro” decir— “las cuestas abajo, ¡qué bien se suben!”. Más genio y figura, imposible.
Saludamos al “Sordo”, ese de la casa, para sentarnos después en la Silla de Felipe II, o “Canto Gordo”, como dicen los antiguos que así se llama ese otero filipino.
El camino va llegando a su fin, algo ya cansados tras llenar la mochila de un día vivido, que son los días que más valen, o eso he oído.
Despedimos al guía anfitrión, o DJ Residente, como ya le he bautizado, y a los madrileños que regresan a casa. Una cabezada en el bus de vuelta recompone estos viejos huesos, escuchando al fondo a un buen amigo con acento francés.
Nos despedimos como lo hacen los que saben que se volverán a ver, anticipando que el año que viene caerá Abantos, y hasta la Casita del Teléfono, si de poner una conferencia con las alturas se trata.
Se valora lo que se conoce, y hoy conocemos algo más de nuestra historia y de nuestro entorno… y lo más importante: nos conocemos un poco más.
